El árbol del jengibre

 


¿Quién ha dicho que los más jóvenes no puedan leer apasionantes y apasionadas historias de amor además de aprender historia? No seré yo. No es este un libro que se pueda encontrar en la sección juvenil de ninguna biblioteca (al menos eso creo) pero yo se lo recomendaría a aquellos jóvenes que siempre están diciendo que quieren encontrar un libro con el que puedan engancharse a esto de "leer". ¡Este es vuestro libro! Una historia de amor con muchos altibajos en la que hay de todo: amor, envidia, discriminación, maltrato, amistad, convencionalismos, guerra... ¿Y de qué va para que yo esté tan entusiasmada?

Si al comienzo de un viaje alguien dice: “Querida, viajas hacia la tierra de la muerte repentina”, cierta angustia debería hacer reflexionar a la viajera si el motivo de su periplo es tan importante como para poner su vida en juego. Sin embargo, Mary Mackenzie no es de esas que se dejan amilanar y prosigue como si tal cosa su viaje hacia China para contraer matrimonio con un agregado militar británico en Pekín. Algo muy normal para una muchacha de clase humilde en aquella época: un buen matrimonio que te arregle la vida, y luego... ya se verá. 

Tras un viaje épico desde su Escocia natal hasta el pequeño puerto de Tientsin donde le espera su futuro marido, nuestra joven heroína descubre que no está hecha para ciertos convencionalismos que debería empezar a soportar dada la vida que le espera. “Por algún motivo las palabras que digo en casa cuando rezo no me parecen apropiadas aquí en China y me pregunto si eso va a seguir siendo un problema”. La joven escocesa que no aparenta tener carácter lo que si tiene es criterio propio y eso le servirá para tomar decisiones, a menudo muy arriesgadas, en las que frecuentemente pesa más el corazón que la cabeza. La más desalentadora de esas decisiones, para su futuro, será rendirse a los encantos, una vez casada y con una niña pequeña, del atractivo conde Kurihama. “No pienso decírselo a nadie. Aún nos quedan cinco días. Se llama Kentaro.” 

De esa apasionada historia de amor, al menos lo es para ella, nacerá su hijo Tomo, su pequeño euroasiático cuyo destino ella no podrá controlar. Porque, tras la asunción del rol de “amante extranjera” y madre de un niño japonés concebido fuera del matrimonio, la verdadera dimensión de un hombre con poder en aquel país cae sobre Mary de tal forma que acaba por ser declarada loca después de un incidente desafortunado con una de las niñeras. Todo está escrito, todo tiene un motivo y ella termina por saber que su papel de madre es insignificante cuando hay causas mayores a las que someterse. A partir del momento en que se enamoró de Kentaro Kurihama el destino de esta ingenua escocesa estaba marcado por la tragedia. Abandonada por su marido que se lleva a su hija con él, tendrá que sobrevivir en un país extranjero sin apenas ayuda, fuera de los círculos establecidos, alejada de los convencionalismos, y lo más importante de todo, sola. 

Gran parte de su vida la pasará sin sus hijos, sin pareja estable, apenas con un par de amigos, pero con coraje suficiente y unas ganas inmensas de volver a reencontrase con él, el gran amor que llena todos sus sueños. “Es fácil amar a quienes no suponen una amenaza para nosotros.” Su terrible error fue amar, a pesar de todo, a quién si se convertiría en una gran amenaza para ella, pero el amor es así y no se puede controlar, al menos ella no. Toda la novela gira en torno a la capacidad de esta mujer para sobrevivir con los escasos recursos de los que dispone. A medida que gana en confianza, madurez, ingenio, el futuro del Pacífico se acompasa a ese discurrir. El Japón imperialista de comienzos del siglo XX que temían en todo el mundo se refleja en las páginas de sus diarios. A medida que ella se asienta en la sociedad nipona, lo hace el afán del país por ser dueño de medio mundo...

Hacía mucho tiempo que el final de un libro no me llegaba a emocionar de la manera que éste lo ha hecho. Está magistralmente escrito, documentado de manera soberbia (Oswald Wynd nació y vivió en Tokio hasta 1932 cuando regresó a Escocia junto a sus padres) y con un personaje principal, Mary Mackenzie, cuya evolución queda manifiesta en cada carta, en cada página de esos diarios que escribe y que guardará en una caja como el mayor de los tesoros. Desde el pretendido cambio en la forma de vestir de la mujer japonesa, pasando por los primeros modelos de coche, la aparición del gramófono, la expansión desmesurada de Japón, la guerra ruso japonesa, la pequeña disidencia existente en el país y la lucha por el sufragio de la mujer, el interés de los bancos americanos por posicionarse en el mercado asiático, el ataque a Pearl Harbor, la II Guerra Mundial, hasta el devastador terremoto de Kantō (1 de septiembre de 1923) que con una magnitud de 7,8 en la escala Richter destruyó numerosas ciudades situadas en la llanura del mismo nombre, entre ellas Yokohama, Shizuoka o la misma Tokio. 

Gran parte de la historia de Japón en esos primeros años del siglo XX están impresos en apenas cuatrocientas páginas mientras la vida de Mary Mackenzie discurre, a menudo de sobresalto en sobresalto, al final de forma más placentera aunque sumida en una soledad que parece dispuesta a defender a ultranza. La mujer a la que no le gustaba Oriente pasa cuarenta años de su vida en un país que no entiende y que no está dispuesta a entender. Ella dice en algún momento que nunca le gustará pero que por su hijo se quedará mientras exista esperanza de volver a reencontrarse con él. Yo creo que Mary Mackenzie acaba amando Japón mucho más de lo que ella misma está dispuesta a admitir. “El árbol del jengibre, que ha crecido de nuevo, sigue ocupando su papel de obstinado extranjero”. En este momento el lector descubre el motivo de que el título del libro sea el que es. Qué historia tan fascinante, qué libro tan maravilloso, y sobre todo...¡qué final!

Quizá es que todos tenemos una excusa a la que podemos recurrir para disculpar cualquier cosa que hayamos hecho. No me refiero a disculparnos ante los demás, porque el orgullo nos lo podría impedir, sino una excusa ante nosotros mismos, algo que nos permita decir: “Si, lo hice, pero…”. Si no podemos añadir un “pero” después de lo que hemos hecho, es que, en cierto modo, estamos perdidos. No existe ningún pero que yo no conociera cuando subí aquel sendero para ir a tomar el té con Kentaro.”

El árbol del jengibre (Oswald Wynd. Duomo ediciones 2021)


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