Tristrás y la aventura del páramo tenebroso
“JAMÁS, BAJO NINGÚN CONCEPTO, EN MODO ALGUNO, DE NINGUNA
MANERA, SE DEBE ATRAVESAR EL PÁRAMO TENEBROSO”
Después de esta advertencia a nadie se le ocurriría continuar, ¿verdad? A nadie, puede ser, pero Tristrás el
flautista ambulante está hecho de otra pasta. Es valeroso, aguerrido, tenaz,
intrépido, osado…y tampoco es que se le de bien captar las indirectas. ¡¿Indirectas?! Pero... Sí, empezamos mal. Esto no puede sino empeorar, ya lo veréis.
Tras un buen rato caminaba ya hambriento, sediento y agotado, cuando se topó con un árbol. Un viejo fresno cuyas ramas parecían largos dedos huesudos que le fueran a atrapar – Uy, qué miedito da esto, ¿no?-.
Debía estar un poco angustiado porque no le quedó más remedio que
sacar la flauta de la mochila y comenzar a tocar las primeras notas de una
melodía. Tan ensimismado estaba en su música que no vio acercarse a un perro.
¡Vaya, pues no es un perro!
“Uy… Qué orejas, y qué ojos, y… ¡Hay que ver que dientes
tan afilados tienes! ¡Glup! Diría que más bien eres…, ejem…, ¿tres cuartas
partes de lobo?”
Tristrás se equivocaba. Lo que se le acercaba peligrosamente era una loba. Para alejarla, se le ocurrió tratarla como a un perro y le lanzó la flauta para que fuera tras ella. La idea funcionó, aunque tras unos momentos de persecución ambos terminaron en un lodazal. Ahora, Tristrás tendrá que sacar de allí a la loba, que no parece muy ducha en estos menesteres.
¡¿Pero qué hace este hombre?!, pensaréis. Ya, ya, nadie
salvaría a un animal que le persigue con las peores intenciones – o eso
suponemos-, y mucho menos si es una loba. Nadie lo haría, pero Tristrás es un
romántico, una buena persona… y un poco tonto, tal vez. Si pensáis que rescatarla es una mala, malísima, decisión, estáis muy equivocados. Hay cosas
mucho, pero mucho peores. Tanto que la loba sale despavorida en cuanto se ve
libre del barro que atenaza sus patas.
“El gigante llevaba un sombrero de ala ancha bien calado
sobre los ojos. Iba embozado en una capa de lana de la que solo le asomaba la
nariz. Tristrás calculó que, para cubrir a semejante gigantón, aquella capa
debía ser del tamaño de las velas de un navío de ciento cuatro cañones”.
Pero qué mala suerte la de este pobre flautista. Logra dejar
atrás a un peligroso animal salvaje, y ahora se topa con un gigante que no tiene pinta de admirar su música.
“- ¡Ah! ¡Pero si sois un pastor! ¡Ja, ja, ja! Fiuu… No os
lo creeréis, pero por un momento os creí un malvado ogro dispuesto a comerme.
¡Ja, ja, ja!”
Haría bien en no reírse tan alegremente, porque el objetivo
del malvado ogro - ¡que sí, que es un ogro! – es darle un bebedizo que le
convertirá en borrego. ¿Para qué demonios querría hacer algo así? Bueno, yo no
soy especialista en gustos ogriles pero seguro que tiene una explicación. Pues
sí, la tiene. Dejará pasar unos días y después se lo comerá, como ya se ha
comido a otros muchos que han osado adentrarse en el páramo misterioso. ¡Tenía
que haber hecho caso a las advertencias!
Pero… no todo está perdido. Junto al ogro, y cuidando de la
casa en la que vive con sus ovejas, hay una joven muy hermosa de nombre Belisa
que parece una buena persona. Incluso le ha puesto un nombre a ese nuevo
borrego de color rojizo – Tristrás, que no lo había dicho antes, es pelirrojo-. Y aunque el nombre no le gusta mucho, ella desde luego sí.
“- Mmmm… Creo que te llamaré… ¡Chispín!
Chis… pin… ¿Chispín? ¡¿Cómo que Chispín?!”
Pero… ¿Cómo va a comunicarse con ella si lo único que sale
de su boca – perdón, de su hocico- son balidos? ¿Cómo va a protestar? ¿Quién le
va a escuchar? ¡Esto es desesperante!
“- ¡Baaaaaaaaah, baaaaaaaah baaaaaaaaaaah! – gritó el
borrego, sofocado por el abrazo de Belisa.
Y Belisa le susurró al oído:
-
Lo sé…
-
¿Baaaaaaah?
-
Sé quién eres…”
Belisa va a resultar que no es quien parece ser, el ogro
tampoco, existe una maldición muy antigua que debe romperse para que el páramo
se convierta en el hermoso lugar que era, y hay que revertir el hechizo para
que Tristrás deje de ser un borrego. Muuuuuuchas cosas. ¡Ah, se me olvidaba!, debe
conseguir entender a la niebla, encontrar una puerta, antes coger una llave
para poder abrirla, ¡claro!, desafiar al ogro… ¡Uf!, casi os destripo el libro.
¿Os habéis enterado de algo? ¿No?, mucho mejor, así la lectura será más
sorprendente.
Divertidísimo el libro de Iban Barrenetxea. Es una gozada de
lectura con la que las carcajadas están aseguradas, todo gracias al bueno de
Tristrás, que resulta ser un personaje inolvidable. ¡Por cierto!, hay un primer libro – Andanzas
de un flautista llamado Tristrás – donde se le presenta de manera oficial. Habrá
que leerlo también.

Comentarios
Publicar un comentario